Cierro los ojos, sueño y me hablo


Había llegado el momento. Mi estómago nervioso no paraba de sonar mientras la mente no dejaba de producir pensamientos confusos e ilógicos. El miedo quedó paralizado en la seguridad de su piel. Los 38 grados centígrados de su cuerpo se acoplaron a los 37,5° del mío para equilibrarnos en perfecta temperatura. Y que bien se sentía.
—Congeló el temor, calentó el deseo
—Respira, respira, no pasa nada, relájate y respira —escuché.

Entonces, sin mucho esfuerzo, me relajé. Besé sus labios frenéticamente, y su boca, aquella boca, por demás conocida, se enganchó ferozmente a la mía. Besaba fuerte, besaba doloroso, placenteramente doloroso. Un ejército de ferohormonas rodeaba nuestros cuerpos, colocando en exceso de velocidad y perfecta sincronía el ritmo imparable de sístole y diástole.


—Me va a dar un infarto
—Te juro que ésta no es una manera honrada de morir. Muy honesta sí, pero no decente, imagínate que dirán de ti esas señoras anticuadas. Deja eso de la moridera para otro momento más oportuno.
—Tienes razón. Cero infartos, mejor dejo que él me mate.
— Ahora te pusiste poética niña, pero es que tú si eres cursi. Ya, deja eso pa' después, deja la conversadera y ocúpate.
—Sí, sí me ocupo

Sus manos cálidas de un tirón abrieron mi camisa, uno a uno se dispararon los botones, descubriendo mi pecho sudoroso y agitado. Yo, sin dudarlo, levanté la suya, le quité con toda prisa la ropa. Desesperados, sí estábamos desesperados, él no se separaba de mi boca y yo no podía dejar de apretarlo entre mis manos. Una prenda tras otra, ejecutando el ritual conocido, esta vez con locura, con descontrol, con desenfreno.

—Es un adicto a mi boca, lo sé
—Tú eres una adicta a sus manos, lo sabes
—No lo había visto desde ese punto de vista
—Antes no requerías otro punto de vista, pero ahora es otra cosa. Y sí, son un par de adictos. Hoy húndete en el opio, luego veremos qué haremos. Bueno ves qué haces, yo no resuelvo ese rollo.
—Pero...
—Pero cállate pues, que tú nunca habías estado tan conversadora.

Hice silencio. Sin pensarlo repasé cada centímetro de su piel, como un ejercicio de reconocimiento, casi como un ritual de reencuentro con ese cuerpo. Él hizo exactamente lo mismo, besando, entre frases y silencio, cada concavidad de mí. Me miró a los ojos, pronunciando una de esas cosas impronunciables en esta situación y volvió a besarme en los labios. En pocos minutos desplegamos el imaginario completo. Nos hicimos cómplices y partícipes de insólitas y rebuscadas maneras de encontrarnos la piel, de abrazarnos el cuerpo, de asirnos el uno al otro. Y fue perfecto.

—Si estoy muerta, me gusta este cielo
—Mejor te hubiese dado el infarto ese
—Estúpida
—¿Y qué tal?
—Perfecto, simplemente perfecto
— ¿Y entonces...ahora es perfecto?
—Se rehizo perfecto, por este momento. Sólo por este momento.

Me abrazó fuertemente contra su pecho, como si quisiera guardarme adentro, con expresas ganas de esconderme como si de un tesoro propio se tratara. Volvió a buscar mi boca y estampó otro delicioso beso.
Silencio. Se apagó la luz y todo se hizo silencio.

—Hey despierta —escuché.

Abrí los ojos súbitamente, empapada en sudor, con el cuerpo agotado, con sus dedos marcados en mi piel y con la boca rojísima, bañada con el sabor inconfundible de sus labios. Pero sin él.

—Vámonos
Asentí. No puedo esperarlo, no pude y me marché. Con una enorme sonrisa entre labios emprendí el camino de regreso. Y volvimos, volví a la realidad. El sueño había terminado.
Y qué bueno fue.

2 Monólogos:

Victoria 14 de abril de 2009, 22:51  

"Nos hicimos cómplices y partícipes de insólitas y rebuscadas maneras de encontrarnos la piel".... Wow!

Anye 29 de abril de 2009, 22:36  

Ok, Diossssss.
Y que bueno fue!
Desde hace rato no disfrutaba tanto tus cuentos, déjate querer mujer para que sigas soñando así XD
Love u!