Quiero volver


Por H.R

Por la divina compañía

Por la risa

Por hacerme sentir que volví a la vida

Por ti, que estuviste justo cuando te necesitaba

Por un planeta sin ustedes, por un planeta mío

Por el beso después de una canción

Viajé.Sí, sin Visas ni pasaportes, sin dólares ni euros, viajé.

Salí del sitio que me tenía agobiada y viajé a donde quería ir desde hace unos meses. Me fui a Marte. Me olvidé de la combinación justa de oxígeno y dióxido de carbono que necesita un cuerpo y salí de este planeta. Sin traje de astronauta, sin física cuántica y sin química inorgánica salí de aquí, no más con un fino abrigo y la imaginación misma como escudo.
Mis pies se elevaron del suelo y llegué a Marte.
Con los nervios de punta y la seguridad quebrada finalmente llegué. No hubo mucho tiempo para conocer lo desconocido, un marciano altisonante se apareció frente a mí, tocó mi mano, sopló mi cuello, besó mis labios, y me dejó prendida de ese planeta.
Ese ser desconocido y la vez tan familiar, me pegó fuertemente contra su pecho, no quiso dejarme escapar. Olvidó la soledad de su planeta y me hizo olvidar las desgracias que abundan en el mío. Él, el extraño marcianito, se fundió conmigo en un universo divino.

Con la vía láctea de techo y la Tierra como testigo me entregué a ese marciano. Y fue perfecto, fue divino, fue literalmente de otro planeta. Su cuerpo no era verde, era tan color de piel como la piel misma, sus manos eran grandes y muy suaves, y abrazaba, mi marciano, como la bauticé desde ese momento, sabía abrazar. Él tenía boca, así como los humanos, pero sus besos no se comparan con el que algún terrícola haya dado jamás. Él, solitario en ese planeta, sabía exactamente qué y cómo debía besar. Pasamos tan poco tiempo juntos, las obligaciones de mi mundo me comenzaron a llamar, pero no quería separarme de ese cuerpo extraterrestre que me había hipnotizado para que no lo soltara nunca, nunca más.
Pasaron las horas, los días o los años —de verdad no sé como se mide el tiempo en Marte— junto a él, fue fantástico y siempre recordaré el día que fui a Marte porque un marciano se apoderó de mi cuerpo e hizo posible, sin ninguna otra razón, la vida en otro planeta, no en cualquiera. Él hizo posible la vida en Marte. Desde ese día, allí quiero viajar, desde ese día en Marte quiero estar.

En Marte no vi humanos, sólo vi, toqué, miré y besé a un marciano, quien extrañamente, es muy parecido a los terrícolas.
En Marte huele a compañía, en Marte huele a lluvia sobre la grama.
En Marte no hay agua, juro que no hay agua, ni una gota. Hay rocíos que saben a sal, pero agua dulce no, de esa no hay.
En Marte hay luz, una tenue luz, que te refleja por todos lados, como si fuesen espejos.
Marte no es rojo, es de hecho, un poco amarillo pálido.
En Marte no hay rocas, el aire es suave y cálido, el suelo es duro pero no rasposo.
Marte parece cueva pero no rústica, es más bien una morada.


Ahora sólo espero que venga una brisa, una avión o un Ovni y me lleve, sin consultas y sin permisos, a visitar Marte, otra vez.

Con los ojos fuertemente cerrados y soñando, así como la primera vez que fui, quiero regresar a Marte.

Quiero ver a mi marciano otra vez.

...
En este sitio lleno de terrícolas, yo lo único que quiero es ser/tener un marciano. (me dije)
...
Dentro de este planeta llamado Tierra, yo deseo salir a Marte. (me volví a decir)
...
Sin más contradicciones que las que ponen mis propios pensamientos. (repliqué)

1 Monólogos:

Victoria 6 de enero de 2009, 22:28  

¡Ah vaina!...siento que me perdí de alguito.